Sin duda, la muerte, presente en todas las civilizaciones, ha marcado la forma de pensar y de expresarse por parte del hombre. En el caso de la Europa occidental, y si nos retrotraemos unos cuantos siglos atrás, vemos la relevancia que tenía la visión del Juicio Final en la Edad Media.
Hoy, mediante esta publicación, queremos hacer una pequeña aportación, integrando opiniones e informaciones para facilitar una visión de esta temática.
Antecedentes
Durante la Edad Media la muerte convivía con las personas. Cualquiera podía morir en cualquier momento por las guerras, enfermedades, delincuencia, pestes, etc.
La muerte producía miedo, pero algunas de las reacciones más intensas venían dadas, por la forma en las que estas muertes se producen. Es decir, la persona medieval no quería morir, pero menos aún de ciertas formas.
Por ejemplo, en el caso concreto de las epidemias se abandonaba a los enfermos, por lo que no conseguían recibir auxilios espirituales.
El mundo de los muertos será un concepto por el que la sociedad medieval esté tremendamente aterrorizada. No se teme a todos los muertos en general, pero si a aquellos que entran en las características de la mala muerte. La sociedad llega incluso a preparar defensas ante ellos, porque están seguros de que estos muertos podrán salir de aquellos lugares donde se llevó a cabo su enterramiento. Es por ello por lo que es habitual que se intentara obstruir las tumbas de aquellos que se consideraban propicios para venir del mundo de los muertos a atormentar a los vivos. Era muy común la colocación de piedras o incluso fijar las tumbas.
El papel de la Iglesia
Durante la Edad Media, el poder de la Iglesia Cristiana era incuestionable, así como su influencia sobre las ideas y el orden moral de la población en general.
Por otro lado, la preocupación por el destino individual de cada uno en el más allá y el juicio que decidirá ese destino adquiere una gran relevancia en el cristianismo europeo de finales de la Edad Media. Muestra de ello es el importante papel que adquirieron estas cuestiones en las discusiones teológicas, en la producción artística, en la literatura… del momento.
No hubo un medio más efectivo que el sermón para entrar en la parte más profunda del individuo medieval. Los sermones medievales tuvieron tres objetivos: En primer lugar, eliminar o rectificar los males que están presente en la sociedad; en segundo lugar, castigar a aquellos que lo merezcan, y en tercer lugar, acabar con todo lo que pareciera opuesto a la moral cristiana. Además, saben perfectamente a que público dirigirse, van a por las capas populares.
El principal elemento que se usa en el sermón medieval es el miedo a Dios. Se conduce el discurso hacia el temor sobre la vida después de la muerte que les espera si no se distancian de una vida pecaminosa. El temor a dios es propio de toda la Edad Media, pero a partir del siglo XII se incluye también el miedo al Juicio Final. Si añadimos que la sociedad es fervientemente religiosa y que además el público al que iba dirigido estos sermones era en su mayoría inculto, era un perfecto caldo de cultivo para el discurso del miedo. No debemos de olvidar tampoco una intención que a veces queda fuera de los estudios sobre este tema: Era una manera perfecta para controlar a la población.
Hay que recordar que las creencias referentes al más allá y a aquello que tiene que ver con el fin del mundo, constituye una parte esencial en la doctrina eclesiástica medieval, que anunciaba la Segunda Venida de Cristo y el Juicio Final en cualquier momento. La llegada de Cristo significará el fin de todo el mal que existe en este mundo, las injusticias propias de esta vida terminarán cuando Él imponga su justicia, y la vida eterna será en un paraíso de paz.
Y es que, para poder vivir en el paraíso, los fieles tendrán que someterse al Juicio Final, donde se determinará si el destino eterno es el paraíso o la condenación en el infierno. La vida en este mundo es un combate por la salvación, el ser humano lucha contra el diablo continuamente, una lucha constante contra sí mismo y sus propias tentaciones. El cristiano debe tener siempre presente el más allá, su salvación depende de ello, así que llega a convertirse en algo presente en su vida cotidiana.
En la tradición cristiana, el juicio de los muertos se sitúa en un contexto apocalíptico al final de los tiempos. El concepto de Juicio Final irá evolucionando a partir de la concepción básica de la llegada del Apocalipsis, momento en que se decide conjuntamente el destino final de la humanidad.
El Apocalipsis tomó popularidad en los siglos VIII y X, durante la consolidación de la doctrina cristiana que identificaba y extraía las herejías internas y externas. La temática del juicio final se convirtió en un concepto antiherético en el cual su fin didáctico era asustar a los pecadores con las amenazas del infierno y sus tormentos.
Cuando hablamos de un apocalipsis, la imagen que viene a la mente es una del final de los tiempos, con sucesos cataclísmicos de magnitud enorme que destruyen la Tierra y a todos sus habitantes. El origen de esta visión en Occidente se encuentra en el último libro de la Biblia cristiana. Conocido como el libro del Apocalipsis o de las Revelaciones, su composición se atribuye al apóstol Juan, quien lo habría escrito durante su destierro en la isla griega de Patmos, en el siglo I.
El Apocalipsis, que era un libro profético, en el que un ángel muestra al autor la llegada del fin del mundo, en una sucesión de visiones alegóricas, fue un libro muy controvertido entre los cristianos, a causa de la vaguedad de su lenguaje y la complejidad de su simbolismo. Y en sus 404 versículos, el Apocalípsis anuncia que tras la destrucción de la Tierra, llegaría la batalla final en los cielos entre las fuerzas del bien y del mal, regresando de Cristo en el final de los tiempos, para juzgar a vivos y muertos, retorno que estará precedido de numerosas calamidades pero, tras superarlas, la iglesia y Cristo acabarán victoriosos.
A partir del siglo IV numerosos Padres de la Iglesia y teólogos trataron de interpretar lo que cuenta el Apocalipsis, llegando incluso a intentar calcular el momento en que tendría lugar el fin del mundo. Esos esfuerzos terminarían por conformar la doctrina del milenarismo.
En todo caso, y como resumen, podríamos decir que el concepto del Juicio Final es la culminación de un largo proceso histórico, en el cual confluyen diferentes horizontes culturales que aportan diferentes elementos.
Las caracterizaciones plásticas de la escena del Juicio Final alternarían varios elementos alrededor de la figura central de Cristo. El Juicio Final o segunda parusía se convertiría así en la escena más importante de la religión cristiana, pues simbolizaría la consumación de la obra de Dios y la instauración de su reino; por consiguiente, siempre se realizaría con magnificencia, en un espléndido escenario donde se conjugarían fenómenos naturales como el arco iris y astros como el Sol y la Luna inclinados ante Cristo Juez, quien haría acto de presencia con toda su corte celestial y continuaría con la apertura de los libros de cuentas de todos los hombres que serían juzgados.
El Juicio Final en el arte
La religión era una temática predominante en el arte medieval y, con demasiada frecuencia, la figura del Jesucristo glorioso en su trono constituía el elemento central de las composiciones. A Él le correspondía la facultad de juzgar a justos y a pecadores y de imponer condenas eternas. De esta forma, el arte trataba de dar respuesta al interés por el destino del hombre fortaleciendo la fe de los virtuosos y aterrorizando a los escépticos.
Así nos encontramos que durante la Edad Media una de las representaciones religiosas habituales es la del Juicio Final, utilizando para ello una rica iconografía llena de matices que se extraen, principalmente, del Apocalipsis de San Juan Evangelista y del Evangelio de San Mateo. En ocasiones también se recurre a las Profecías de Daniel, el libro de Job e incluso los Textos Apócrifos.
Las representaciones del Juicio Final como parte del “ciclo apocalíptico” surgirían básicamente en Europa occidental.
El Apocalipsis y el “Ora et Labora” se convirtieron en la temática iconográfica para la decoración de estas nuevas construcciones religiosas, todo ello creado para la contemplación de los feligreses, divulgar las verdades de la fe e instruirlos. La decoración figurativa románica recoge todo el simbolismo de los “Beatos”: sus ángeles y demonios, su Cristo en el Trono, sus jinetes y bestias del apocalipsis… Toda ornamentación estaba sujeta a esa ley no escrita: “El fiel debe saber”.
A partir del año 1000, dominado por el terror al fin del mundo, tras un periodo de invasiones bárbaras, destrucción y ataques musulmanes a lo largo de las costas mediterráneas, se manifestó en Europa un nuevo impulso de esperanza y vida. Se retornó a la construcción de edificios, en especial iglesias y monasterios que ejemplifican la preeminencia de la Iglesia en la vida de ese periodo. En las ciudades el obispo era el promotor de suntuosas obras arquitectónicas, mientras que el monacato benedictino, laborioso y creativo, construía abadías en lugares inaccesibles. De esta manera los templos románicos, mediante su sólida estructura y sus elementos decorativos, expresarían una religiosidad vigorosa y unitaria en el Occidente cristiano. En el siglo X se multiplicaron las representaciones románicas del Juicio Final. Este despliegue constructivo fue de la mano con el florecimiento del feudalismo y sus implicaciones políticas, económicas y sociales. A menudo los integrantes de la alta nobleza, en especial reyes y emperadores, servían como modelo a los artistas para sus composiciones sobre el tema.
Y así se hizo, en las mismas entradas de las iglesias se situaron como decoraciones, sobre los pórticos, escenas del Juicio Final cuyo centro era un Cristo Pantocrátor de dimensiones gigantescas, a la derecha situaban apóstoles, ángeles, la Virgen y otros iconos que reflejaban la cristiandad; a la izquierda situaban las escenas del juicio de las almas, monstruos infernales, falsos profetas… Situado sobre Cristo imágenes celestiales e inmediatamente por debajo, las infernales.
Estas eran sus principales características, pudiendo verse tanto en la escultura como en pintura mural. También era muy común adornar los capiteles con escenas de este tipo, en especial, demonios, figuras deformes o males que le pueden pasar a uno si no es como la iglesia ordena, como por ejemplo una imagen de un demonio arrancando la lengua con unas tenazas a un hombre, señal de que el hombre era un blasfemo y que servía como advertencia para el que la viera, todo ello adquiere una función catequético-pedagógica y moral.
El simbolismo presente no buscaba confundir, ni representar directamente algo, sino “sugerir” algo; el tipo de iconografía era muy sencillo, con figuras que marcaban mucho las expresiones, se trataba de una escultura muy gestual, muy intuitiva para el ojo del hombre de a pie, se buscaba que el templo fuese un “libro abierto” para los fieles y que el mensaje calase hondo y rápido en la gente:
Pero vayamos por partes…
Durante la Alta Edad Media predomina la visión del Juicio Final presidido por Cristo en Majestad, o Pantocrátor, en mandorla como símbolo de la luz que emana de Él, sobre el globo terráqueo y el arcoíris, símbolo de la alianza entre los hombres y Dios. Aparece así como Juez Supremo, reflejado de cuerpo entero y con la mano derecha alzada, bendiciendo, mientras la izquierda aparece bajada para indicar precisamente el momento de la sentencia.
En cuanto a la representación se observa la combinación de dos iconografías de períodos anteriores: el Cosmocrátor paleocristiano, en trono, y el Pantocrátor bizantino, siempre de busto y representado en los ábsides de las iglesias.
Cosmócrator
En ocasiones aparece con una espada de doble filo en la boca, alusión al doble juicio, y con una hoz, o una espada en la mano izquierda y un lirio en la derecha, como símbolos de la culpabilidad y la inocencia de las almas que acaba de separar.
También es habitual que se represente rodeado del Tetramorfos, e incluso de aquellos que actuarían como intercesores. Hablamos de la Virgen y de San Juan.
Este tipo de representación cambiaría a partir del siglo XII, con la aparición en Francia de un nuevo modelo de Cristo, inspirado en el Evangelio de San Mateo, más humano y paternal, en vez de vengativo apocalíptico. Está semivestido y muestra las llagas de la Pasión, un Cristo Hombre que viene a juzgar a la humanidad después de haber muerto por ella. En esta versión, suele aparecer rodeado de ángeles con los instrumentos de la Pasión y no es normal el Tetramorfos, pero sí los Ancianos.
Por otro lado, hay que hablar de la iconografía del diablo en la Apocalípsis y en el Juicio Final, y en este sentido la imagen del diablo y su concepto no se limitan a la construcción de un simple mito. Es evidente que la imagen del diablo se ha forjado a través de la mezcla de diversas religiones y filosofías opuestas, las cuales influenciaron en la gran transmutación iconográfica de este personaje, a lo largo del tiempo.
El diablo que vemos en las representaciones del Apocalipsis es uno que resulta estar fielmente unido a la psique humana, tanto en la Edad Media como en el presente. La concepción del diablo en el Nuevo Testamento deriva principalmente del pensamiento hebreo, de la tradición apocalíptica y de la influencia griega.
Hablamos también de la psicostasis, que se refiere al acto de valoración de un alma, mediante su pesaje. Un tema recurrente en las culturas antiguas, como la egipcia o la griega, por ejemplo.
En la tradición cristiana, el juicio de los muertos se sitúa en un contexto apocalíptico al final de los tiempos. El concepto de Juicio Final irá evolucionando a partir de la concepción básica de la llegada del Apocalipsis, momento en que se decide conjuntamente el destino final de la humanidad.
El encargado de realizar la psicostasis en la tradición cristiana será generalmente San Miguel Arcángel, a pesar de que en los textos no se le relacione explícitamente con el pesaje.
El fin de todas estas obras románicas no era otro que el de informar al ciudadano de lo que era correcto, en este caso ser un buen cristiano, y las consecuencias sobrevenidas de no serlo. La influencia de la iglesia crecía y las órdenes religiosas se multiplicaban como su fortuna y poder.
En todo caso, el Apocalipsis no llegó, a pesar de las predicciones eclesiásticas. Tras el “fracaso” de la predicción, la iglesia entró en una fase de espera del fin de los días, la cual aprovecharon para infundir temor en los laicos y esperanza en los más acérrimos creyentes asegurando diferentes fechas cercanas para el Apocalipsis (848, 992, 999, 1033…)
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Referencias
Representaciones del Juicio Final en las catedrales medievales. De Manzano Delgado, F.
https://archivoshistoria.com/las-actitudes-ante-la-muerte-en-la-edad-media/
https://viajarconelarte.blogspot.com/2017/10/el-juicio-final-en-el-medievo.html